Aclarando, que es gerundio.

A modo de aclaración. Soy consciente del cachondeo a mi costa por culpa de las tiritas de las princesas Disney. Que quede claro, no me gustan las adaptaciones de cuentos populares de Disney. Me crié con ellas y con su doblaje mejicano de español neutro. Y a mi generación, supongo que también a anteriores y posteriores, la imagen mental del príncipe azul nos hizo mucho mucho daño (tanto que yo tuve que liarme con un tuno para superar lo de los tíos con mallas. Encima el de la pandereta, siempre eligiendo al más payaso.). Lo dicho, mucho daño. Pero si tengo que elegir entre las heroicas princesas y las malvadas del cuento, me quedo con las segundas. Esas niñatas, rubias y felices, cantando por los bosques entre pajaritos y maripositas, alternando con enanos... y en plena adolescencia, con la cara llena de granos y el pelo grasiento. Ésto último no lo dibujan, por eso de ser las protas, pero todos hemos sido adolescentes y sabemos las nefastas consecuencias de las hormonas revueltas. Y en el otro lado, mujeres en su plenitud, sabias y bellas, con el poder que da el conocimiento y la experiencia, disfrutando de su vida... hasta que llegan las niñatas rubias cantarinas, con su carita de desconcierto ante todo, y se quieren hacer las dueñas del cuento, príncipe incluido. ¿Celosa, dices? ¿De tu belleza infantil descuidada? Pues vale, niñata rubia cantarina, to´pa´ti. Sigue cantando en el bosque, o ve a fiestas de disfraces en busca de un buen tío (pssss, nena, los tios que van a fiestas de disfraces por su propia voluntad están esta semana de celebraciones en Chueca, los otros están en un bar viendo el fútbol), o buscando excusas para tirarte 100 años dormida y conservar tu juventud. Yo escribiré mi propio cuento, en el que yo soy la prota, nos olvidamos de las perdices, y Sea como sea, al final gano. Por que al fin y al cabo, la vida es eso, un cuento, tu cuento, y de cualquier manera, siempre vences. Espejito espejito.